miércoles, 6 de marzo de 2013


Pleamar en la cañada

Orillada está la cañada por mares como trigales, que se vienen de acá para allá cuando el viento los mece, y en el horizonte la Bahía, toda ella teñida de verde.
En el collado una torre, una de las siete consagradas al divino Hércules, y a sus pies la reverencian trigales como mares. Marchemos hacia allá. Está bien, como desees. Pero has de ser prudente, si así lo quieres. A nuestro encuentro se acerca una tropilla de amorcillos y náyades. Tocan flautas y chinchines, portan coronas y collares del Jardín de las Hespérides.
Pleamar en la cañada y allá en el horizonte la Bahía, toda ella teñida de verde.
¡Adelante, continuemos! Un denso banco de ovejas por el piélago topamos. Un retrato, una pose, ¡me caí! ¡Ay, me duele! El corderito que corre y la madre que pace y pace. Pleamar en la cañada y allá en el horizonte la Bahía, toda ella teñida de verde. 
Acarician a la cañada mansas mareas de flores, danzando están, según el viento las mece. Lilas las tienes, que parecen cascabeles. Las margaritas ya despuntan, por la primavera que viene. Y en la cresta plateada la retama que al rebaño adormece.
Parecen caballos marinos aquellos pardos corceles. Un potrillo se me viene, yo me agacho, quiere olerme. Cámara en ristre, aprovecho, uno, dos, tres. Aquí dentro quedarás, tú, cual grande y hermoso eres. Libre apareces, mas no lo estás. Una zafiedad de cordeles ahoga tu ímpetu adolescente. Me levanto, te retraes, no te asustes, ya me voy, a tu lado ¿la ves? tu madre, por allí viene.
Lindos y brunos corceles, siento hondos pesares al leer los diarios papeles. Sois ahora abandonados por cientos y millares, vosotros perenne compaña de historias y civilizaciones. Maldita crisis ésta, no tan sólo de monedas y billetes. Exenta, principalmente, de los más esenciales valores.
Pleamar en la cañada y allá en el horizonte la Bahía, toda ella teñida de verde.
Por estribor una flotilla de cabritas, cabras y cabrones. Un cabritillo levantisco quiere hurtarte las flores, esas de dulces olores. Los perros olisquean el cortejo, el viento, las flores, y nosotros, agradecidos, ofrecemos un saludo a los capitanes pastores. Y por babor salpicados por almendros y tomillos apiñados en islotes.
Pleamar en la cañada y allá en el horizonte la Bahía, toda ella teñida de verde.
Al abordaje de las cañadas partimos un mediodía de sábado, pertrechados, bien surtidos, en nuestros bravos bajeles, costeando, bordeando, escolleras de pinares.
Besaban nuestros leños orugas pastosas y peludas, en continuas procesiones. A la altura del otero, donde moran los hospitales, el levante arreció y el cielo se fue velando de nubes. Compañero a partir de entonces, levante que todo lo puedes, para inflar velas y revolver marismas de habas y maizales. Agitador de ensenadas, locura de arenales. Arena en nuestros bajeles y donde imaginarlo puedes. Al abordaje de las cañadas, con vientos, nubes y flores, y en el horizonte la Bahía, toda ella teñida de verde.
Con Céfiro llega la brisa. Él con atavío insinuante, ella un vestido blanco moteado de diamantes. El levante carcajea, jajaja, no me voy, ni lo sueñes.
Siento querencia yo por estos floridos mares, sus navegables sendas y sus profundos trigales. Églogas y pastores, moaxajas y zéjeles, serranillas y juglares, que sirvan todos, que sirvan, para cantar los placeres de estos bucólicos andares.
Pleamar en las cañadas y a lo lejos la Bahía, que quiso teñirse de verde. 


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