lunes, 24 de febrero de 2014

Poeta amado

Poeta amado

La luz de la infancia habitaba en tus ojos, y con ella iluminabas el horror de lo tosco. De lo oscuro que mora en la piel de toro. Esos mismos ojos que miraban al padre en su despacho, el del bigote lacio, el que medita, el que canta y a veces habla solo.
Esa luz de la infancia se fue a caminar entre olmos. Dolor de otoño prendido a tus entrañas. Una niña mujer se marchó con el río a buscar la otra orilla. En sus manos unos versos y en un plato dejó hambre de suicidio.
Tu abuela era pintora. Pintaba coplas y poemas que danzaban en un patio, con la tonada de la fuente soñadora y la romanza de claveles y nardos, acariciando la brisa perfumada de albahaca y alhucema.
Nerolí, nerolí, vente pa mi casa, yo te quiero a ti. Nerolí, nerolí, no te vayas luna, vente a mi jardín.
Siguiendo tus pasos partimos, hace unos años, al encuentro de las sendas y los cerros de Castilla la Vieja. De Soria a Baeza, de la tierra yerma al vergel de olivos, y su mujer, perenne, transitando poemas y tristezas.
En la calle San Pablo, de Baeza, un banco de forja, y sobre el banco un hombre con un libro en la mano. Es su mirar reposado, un tanto absorto en pensamientos lejanos. Ligeramente recostado, descansa su brazo izquierdo sobre el asiento forjado. Su mano sostiene la pesadumbre de un corazón malherido.
Desatando la madeja de esta tierra enferma desembocamos en la mar. La mar que acunó nuestros sueños en la infancia primera. La mar que te acompañó hasta el final del camino, con esos días azules, con ese sol de la infancia.
Azul de luz, en tus versos, calor de sol, tus poemas, poeta amado, Machado.




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