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miércoles, 30 de noviembre de 2011

SUITE FRANCESA. Irène Nemirovsky

No creo exagerar al calificar esta obra como magistral. Estupenda novela que me mantuvo atrapado desde sus primeras páginas.

Sin mermar la innegable crudeza de las historias y hechos que se van sucediendo en la novela, la autora los describe con tanta sobriedad, con tan absoluta ausencia de rencor o de odio, que llegan hasta nosotros de igual forma, limpias de todo sentimiento opresivo.

Me fascinaron, entre tantos otros episodios, las descripciones de la Francia rural bajo la dominación alemana. Un paisaje de escenarios y personajes que cautivan por su realismo, por su candidez, con notables apuntes filosóficos y humanísticos, que a veces provocan nuestro enojo y otras nuestra comprensión ante la indolencia general de unos habitantes que intuyen que no pueden hacer otra cosa que seguir viviendo.

En ella y con ellas, entre sus páginas, apreciamos, con desesperanza y pesadumbre, la tremenda sinrazón de la especie humana, empeñada una y mil veces en malgastar vidas e historias en el sucio y vil juego de la guerra. Esa misma guerra, esa misma sinrazón que acabó, trágicamente, con la vida de esta autora excepcional; Irène Nemirovsky.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Puerta del Sol

En la Puerta del Sol hay un kilómetro cero. La gente llega, hace cómicas piruetas y muecas y toma fotos. Y digo yo que habrá otros kilómetros cero repartidos por el mundo. Cuestión de gustos. Partiendo de la misma varios tsunamis humanos se dirigen a diversos puntos de Madrid. Sin lugar a dudas el más voraz de ellos es el que se encamina por la calle Preciados en dirección a la Gran Vía, donde se concentran las más importantes firmas comerciales, de las que nada diré ni daré nombres por aquello de no hacerles publicidad gratuita. Aunque en determinados momentos y para según quien podría resultar cansino y molesto este torrencial afluente de gentes, resulta gozoso contemplarlo desde donde nos encontramos situados, justo delante del kilómetro cero y dando la espalda a la puerta que da entrada a los señores y señoras representantes de la Comunidad de Madrid. No cuesta imaginar esta misma escena en otros momentos del año, principalmente aquel cuando el personal se muestra un tanto alocado, visceral y frenético ante la llamada del consumismo disfrazado de festividades de amor y paz. A los pies de la estatua ecuestre una pancarta y un llamamiento reivindicativo que bien poco podrá hacer por más voluntad ciega que ponga en el intento. No están los tiempos para acoger de buen agrado vientos solidarios, ni por parte de los ciudadanos coetáneos ni mucho menos por aquellos que los mal representan. Tomando con la mochila almidoná la calle de la canción popular que no mencionaré, allí, allí, allí encontraran a los auténticos protagonistas del teatro actual. Tampoco daré sus nombres, no vaya a ser que algunos de ustedes decidan cambiar la filiación de sus cuentas bancarias. Pero tomen, tomen, sigan esa dirección, tendrán la oportunidad de contemplar el mayor teatro del Estado, ocupando toda una manzana, inmensa, un tanto desvencijada, pero poderosa a fin de cuentas, sus personajes son los que acaparan en este momento todo el poder en sus manos, ese edificio al que hace unos momentos le dábamos la espalda no es más que un mero títere de este otro del que les hablo. Dejemos estos feos asuntos, ¿no les parece? y sigamos con lo nuestro. Y lo nuestro es hablarles de todo esto que estamos viendo. Un crisol de culturas sobre el piso hormigonado. Me parece que eso del crisol está un poco visto, mejor lo dejamos en una multitud un tanto diversa, en sus procedencias, en sus ademanes, en sus maneras de enfrentarse al mundo y sus distintas situaciones, adversas o benignas. Unos miran perplejos, otros arrogantes, algunos vanidosos, el escenario que les atrapa o les molesta, pero todos y todas forman parte del último estreno sito en la Puerta del Sol de Madrid. A pocos pasos de una pastelería que lleva en esta plaza tantos años como ella misma, unas señoras venden boletos para el sorteo de esas festividades disfrazadas de amor y paz, siempre pienso que compraré uno, pero no soy yo muy dado a estos gastos superfluos, siempre apegados a los avatares de la suerte. Un perro duerme acurrucado entre las manos de un vendedor de aspecto laso y desilusionado. Y digo yo que no es para menos, toda la vida vendiendo la suerte y la suerte jamás vino a saludarle siquiera una mañana o una primavera. Por la calle de nombre Mayor una cabalgata de equinos invade por unos minutos el señorío del motor, gozosos momentos estos en los que la naturaleza más atávica regresa a por sus feudos, ignoro hacia dónde se dirigirán pero da gusto verlos. Con la llegada del atardecer la Luna le toma el testigo al astro Sol y digo yo que a partir de ese momento mágico no estaría mal que a esta plaza se le cambiara el nombre, aunque sólo sea por cumplir con aquello de la igualdad de oportunidades.  

miércoles, 2 de noviembre de 2011

De Madrid al cielo


Un enjambre de culturas que me zarandea los sentidos, que despierta en mí pasiones y temores. ¡Vaya vértigo de altura! De Recoletos al Manzanares, con descanso en Lavapiés. Ya te vale ¡qué locura!
Por este Madrid castizo siento un arrebato de pesares, ¿dónde quedaron sus gentes, dónde sus recuerdos, sus comercios, sus bazares…? Oriente, África, el Magreb, por cientos y millares.
Una iglesia que no lo es. Sin capillas y sin altares, no hay exvotos ni oraciones, hoy son libros y más libros, una lectura sin rezo, ¡el triunfo del saber!
Una morada desvencijada, en la que dormimos y me nutre de insomnio y palabras que bullen en mi cabeza. En mi cabeza una tapia obstinada y unos ruidos que no cesan.
Por la ciudad de tus musas, Sabina, vamos caminando. Su buen ambiente, sus gratos rincones y paréntesis, la verdad, nos fueron gustando. Mas había otras gentes, pegajosas, ruidosas, que nos terminaron cansando.
Tirso de Molina, Sol y un torrente de gentes hacia la Plaza Mayor.
En la Biblioteca Nacional los niños no pueden entrar. En las escuelas, entre los niños, el amor por los libros quieren fomentar. Si al Magno Templo del Saber mi hijo no puede pasar, digo yo qué clase de cultura es la que ansiamos promocionar. Manuales entre vitrinas, enclaustrados con llave y cristal. Al libro se ha de acceder, acariciar, palpar. Todo esto que observo y me indigna me parece de un escarnio difícil de justificar. La entrada a este sagrado lugar habría de ser objeto de derecho y acceso universal.
Un fulgor allá en lo alto. Solitaria candileja en el cielo madrileño.
El estrés a dos ruedas. Una bicicleta es devorada por el rugido feroz de un autobús que acelera. Dominio impertérrito en los Señoríos del motor.
Las cuestiones de Estado se discuten en los divanes del Teatro Real. Las óperas y otros espectáculos quedan restringidos para la más selecta élite social. El pueblo que se limite a ir sobreviviendo y a recoger las migajas que éstos quieran acordar.
Unas sonrisas picaronas, un murmullo de féminas, ante la llegada del efebo actor.
Una madeja de gasas cenicientas y tras de ellas la luna sobre la Plaza Mayor. Noche última la nuestra por estas calles, por esta plaza, por este Madrid ignoto que tanto nos agradó.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Ingenio del diablo

Me abruma, me estresa. Contemplarte provoca desatino. Enjambre de rampas y tornillos. Mi corazón queda baldío de serenidad, sosiego. Te yergues, y prosigas, arañando el cielo. Yo quisiera saber lo que dices, pero mis agitados latidos no me dejan escuchar. Ingenio del diablo, camino en volandas en contra de mi voluntad. El tren bajo mis pies. Una riada de gentes que vienen y van. Te contemplo y me estremezco. Pesadilla sin final.

jueves, 13 de octubre de 2011

Sin cariño, sin hogar

En sus caras la inocencia más pura que puedas encontrar. Cuánto pesar provoca ver sus miradas sin saber dónde estarán. Su sonrisa y esa boca abierta que parecen decirte Te quiero. Un lazo claro para su hermana, una pinza como un cielo para sujetarle el cabello y dejarnos advertir la luz de su cara en toda su inmensidad. No puedo detener mi mirada sin dejar mis ojos mojar.

Quién les consolará cuando la angustia y el desamparo les hagan llorar. ¿Quedarán atisbos de humanidad, cabe pensarlo, si han caído en manos de mal nacidos sin corazón, sin piedad?

Codicias fotógrafo o periodista la búsqueda del mejor titular, sin pensar siquiera por un momento en el dolor que puedan sentir estas criaturas sin cariño y sin hogar. Confiemos que aún estén vivos, no perdamos la esperanza ni la pierdan, nunca jamás, nuestras fuerzas de seguridad.

Que regresen cuanto antes, a su barrio, a su hogar, y que puedan vivir, por siempre, en PAZ.  

viernes, 7 de octubre de 2011

Al otro lado del río

Junio 2010. Un clarín inaugura la mañana. Suena feliz, cantarín y bucólico. Un puente erguido sobre el ancho del río; el puente de los judíos. Leyenda o desafío, ahí sigue gallardo y decidido.

Piedra y pueblo, bandera y cielo, verde y río, en el río un reflejo y en mi corazón un anhelo.

Besalú se asoma, al otro lado del río. Penetraremos en la vetusta ciudad por el arco de más noble señorío. Va surcando mi cuerpo un escalofrío.

Habremos de ascender por una empinada cuesta, bien pertrechados vamos por unas mochilas atiborradas de calor y en compañía de un buen amigo. Allá a lo hondo queda el río; junto al río, perfilando un angosto sendero, dos filas de copudos y ancianos olmos. A los pies del olmo una niña y su perrito. Ladra el perro, suena el río, lloran las piedras, rezuman lamentos de un tiempo perdido.

De trecho en trecho aparecen viejas casonas de anchos y luengos sillares. A sus pies unos poyos que nos sirven de asiento. Siento la voz de la historia, que a susurros me habla, como un eco. Tañe el cielo el latido de las campanas. Del campanario unas palomas al vuelo ¡tam, tam! ¡tam, tam! Cenicientas son, como a cenizas redujeron sus rezos, sus huesos. 

La cegadora luminosidad nos deslumbra la vista, no así nuestras mentes, que buscan, afanosamente, ese baño ritual que bajo la tierra duerme. Allá, a la entrada del mikvé,  una fresca brizna de viento nos hace más gozoso el camino. Escapa el arrullo del agua de aquella casa. ¡Allí está! Acerquémonos. La casa tiene un amplio zaguán y por techo la inmensidad de la bóveda celeste. Nos cuentan que en este preciso lugar es donde los hebreos se dedicaban a orar. No lo dudo, la presencia de la mística y el incienso, que aún se pasea ingrávido en el ambiente, me hacen divagar.

De este lado la Sierra, los olmos, el sendero, el río, la niña, su perro, una hermosa vista para contemplar. Del otro lado, coronando el zaguán, una pétrea Menorah.

Sentado, sobre el primer peldaño, un viejecito de pelo cano y un niño de crespos cabellos. El anciano tiene ante su boca un shofar. La melodía va fluyendo, como si brotara de las entrañas de la Tierra. La tarde está serena, cálida y silenciosa, consiguiendo que se difluya, con más fuerza, el agudo lamentar.

Más arriba se apretuja el caserío de la vieja ciudad. Hay en ella una fina y añosa Catedral y frente a esta un museo de contenido singular. Callejuelas almizcladas de mesones, fruteros, recuerdos y guarnicioneros. Caserones robustos con sus escudos nobiliarios; algún jardín oculto en el interior de un palacio o dormitando en un silente claustro.

Los viajeros que llegan, como nosotros, van buscando la estrella y un buen plato de fideuá. Por la alameda que lleva al río nos vamos despidiendo de la vetusta ciudad. Acá quedará Besalú, allá nos espera Barcelona, en la hora crepuscular.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Sierra de Aracena y Picos de Aroche

Una alberca, un rebaño de ovejas y una carretera orlada de almendros. En la alberca un lugareño lava los aperos, mientras, en derredor suyo, pacen en el pastizal los corderos. Algunas reposan a los pies de un olivo y las más pequeñas corretean dando brincos.
Retozan las nubes entre los riscos. Lloran que te lloran, cual si fueran niños. Lloran que te lloran ¿por qué llorarán? Se les fue el Sol ¿adónde estará? Buscan las nubes al Sol por el peñascal, empapadas quedan las laderas por el lagrimal, inundada queda la aldea por tan desconsolado llorar. El Sol se marchó, bien lejos andará.

Discurre el agua por la falda de la Sierra, mansa, quieta, y el campesino se asea a los pies de la cambija, tranquilo, sin prisas, nada le inquieta.

Mil y una historias que contar, sentados al calor del hogar. El sendero es serafín y galán, presumiendo de bello, ribeteado de almendros, conduciéndonos va, con paso sereno, hacia los parajes que vamos a visitar.

Higuera de la Sierra, Alájar, Almonaster la Real. Pueblos postrados en los valles o apiñados en el verdugal. Desde allá contemplaré tu falda, morena, teñida toda de cal.

Tantas dichas y desdichas, tantas leyendas, tanta cal. Santa Olalla del Cala, en el altozano un castillo y una iglesia parroquial.

El laberinto se comienza a derramar, a punto está de explotar, parece encontrarse acucioso, el vértigo que quiere arañar un protagonismo que nadie habrá de festejar. Mis oídos presionando y en mi cuerpo el malestar.

Jabugo y su dehesa, nombre y apellidos para un producto que a muchos hace perder la cabeza.

La riqueza gastronómica de estas tierras debiera ser patrimonio de la humanidad. Un vaso de vino, pan, picos, una cerveza, algo de queso y jamón sobre la mesa.

Unos tibios rayos de sol serenan mi cabeza. No me quiero levantar, ¡cuánta pereza! Música misionera de historia en sus nombres; Galaroza, Fuenteheridos, Cumbres mayores, y entre todas Aracena, la capital.

Aracena, madrina de cuevas. Escorrentías de callejas bordeadas de casas, casonas y mansiones de noble arquitectura civil se vierten, difluyen, en una tropelía de torrentes desde la Fortaleza-Catedral hacia la Plaza de Andalucía, centro neurálgico de la ciudad. Está la plaza toda embutida de aromas. Despuntan por doquier ramilletes de terrazas, comercios y bares, salpicando de vida cada uno de sus rincones. Más si queréis probar ricos pasteles por Casa Rufino habréis de preguntar.
Sierra de Aracena y Picos de Aroche, provincia de Huelva, una comarca que invita a soñar.

jueves, 29 de septiembre de 2011

En el metro

Un pensamiento cautivo rumiando en el suelo, unos pantalones raídos caídos a mitad del banco. Un banco desvencijado teñido de moho. Por la recóndita caverna jadea lastimosamente el viento. Distante, fugaz, como un callado lamento.  

Por las escaleras mecánicas descienden unos tacones, presurosos, lánguidos, la fatiga se dibuja en el rostro, famélico, como su bolso.

En la otra orilla magnetizan nuestras mentes unos murales publicitarios que nos invitan a consumir. Los paneles informativos avisan de que el tren llegará en cinco minutos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco pasajeros, y nosotros, todos, aparentemente exhaustos.

Es cansino el aire, huélfago, descargando todo su peso sobre el andén, agostando sueños, ilusiones e ideas.

Rondan los tacones, de aquí para allá, no pueden estar quietos, arrastran, jadeantes, un alma agotada y una mirada perdida.

Un plano grafiteado, lo miro para distraer la vista, pero al momento la aparto. Parto de la premisa que no deseo mirar sucios recuerdos del pasado. Recuerdos de barbarie e intolerancia, discursos fanatizados. Gas, dolor, lágrimas.

Estentórea la música, escapa de los oídos de un joven de raza negra. A pocos metros un señor trajeado observa de soslayo, enhiesto, con ceño fruncido. Sus piernas se niegan, sus ojos recelan, pero sus zapatos marcan el ritmo, un tanto agitado, y de su brazo derecho cuelga un maletín, desgastado.

Una joven de cabello velado mece una silla y silabea una canción. En la silla un bebé y en el rostro del bebé unos ojos negros, almendrados, contemplan maravillados el universo cercado del metro.

Ruge el viento por la pestilente caverna, henchida ahora de luz por la linterna del vagón. El vagón se aproxima, abre sus fauces, hambriento, siete abstraídos viandantes son devorados por el tren. Desierto se queda el andén de almas pasajeras y pensamientos olvidados.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Otoño

Se van asomando las nubes al brocal de mi terraza. Son curiosas, un tanto cotillas, parecen venir a ver lo que en mi barrio pasa. Aquí no pasa nada, nube curiosa, más allá del ladrido de un perro, de una Maruja chismosa, una conversación pasmosa, un transitar cansino y peligroso por una pasarela odiosa, pero ven, no te vayas, quédate entre nosotros y vierte, nube fisgona, un poco de lluvia milagrosa que haga resurgir la hierba verde, fresca, en estas mentes indolentes, apáticas, pasmosas.

Tornan y se marchan muy despacio, poco a poco, como quien no quiere la cosa. Se columbran secas, sin agua en las alforjas, si bien son ya una sutil amenaza, ojalá, y no te equivoques, del agua que llega, de la lluvia que suena, del riachuelo que se enseñorea al transformarse en arroyo, al convertirse en río y luego en cascada que acabará en lago al pie de la montaña.

El cambio de estación ya asoma al otro lado de la casa. El viento fresco que sopla y a las ramas se abraza. Abrázate a mi cuerpo muchacha hermosa. Rodéame con tus brazos caliginosos doncella curiosa, no te vayas, no me dejes, que mi alma está sedienta de tu amor, señorita mimosa, que mi piel está reseca ¿no la ves? tras la canícula pegajosa. Ven aquí, que te diré una cosa, si te quedas, si no te marchas, yo haré para ti la obra más hermosa, dibujaré un prado verde, lleno de florecillas y de colinas umbrosas, verás, y allí nos tenderemos a contemplar esta tierra maravillosa.

Yo quisiera decirte otoño que entre nosotros está tu hogar, tu morada, mas aquí son bien recibidas todas las estaciones que por el año pasan. Velada está, la ventana de mi mañana, por blancos visillos. Bóveda coloreada con trazos celestes y pinceladas blancas. En el parque se besa una pareja de enamorados y en mi casa recibimos al otoño contentos y esperanzados.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Platos de ida y vuelta

Suculentos platos de ida y vuelta, han sido y son para mí de especial predilección.

Una ramita de canela, unos besos de jengibre, unas lágrimas de cebolla, un poquito de azafrán, otro poco de pimienta y un pellizquito de sal. Remueva ahora, remueva, con mesura y con amor. Venga vamos, pruebe ahora a ver cómo está. ¡Ay, se me olvidaba! coja la batidora y prepare azúcar glass.

En las tierras de Al-Andalus nació y se multiplicó. Dicen que en la corte de Al-Mutamid causaba furor, las damiselas del harén al rey taifa lo extasiaban con los aromas que despedía tan delicioso manjar. Entre aromas y bocados saciado quedaba el Rey de Sevilla, sin ganas más que de irse a acostar. Bendita receta ¡por Alá!, esa noche las cortesanas podrían descansar. Mas llegaron tiempos de oscurantismo, oprobio, fanatismo y expulsión y el pueblo morisco consigo se la llevó. En el Reino de Marruecos con buen gusto difluyó, convirtiéndose en plato de monarcas, nobles y gentes de elevada posición. Con el devenir de los siglos llegó el colonialismo, el hurto, la sumisión y el reino alauita, antaño próspero y rico, en protectorado se convirtió. Pero todo tiene un principio y un final, llegaron tiempos de emancipación, de lucha y rebelión y ese tipo de colonialismo terminó. Marruecos recuperó estatus de reino y nación.

Libre e independiente, no su pueblo, no su gente; lacayos de la tiranía y el nepotismo son, Marruecos seguía soñando con esa prosperidad que en tiempos pretéritos alcanzó. Pero la gente tierna de su pueblo, instruida y ya cansada, la huida prefirió. Soñaban con alcanzar en la otra orilla, un poco más allá, ese anhelado bienestar que en su patria no podían encontrar. En su lacónica maleta un par de camisas, un pantalón y un pellizco de ilusión. En su fresca memoria un puñado de recuerdos y unos gramos de tristeza, salpimentados con gotitas de sabores y fragancias para degustar con fruición. En el majado se hallaba la esencia, por siglos desterrada, de una delicada y deliciosa receta, que hiciera las delicias del sultanato cordobés, del Reino de Granada y del campesino fatigado que ansiaba llegar a casa para devorar el plato que aquella mañana había preparado su abuela. Si aún no conoces su nombre yo te lo diré; se llama pastela.

Ten preparado todo esto: tres trozos de pollo, treinta gramos de mantequilla, cincuenta gramos de cebolla, una puntita de jengibre molido, una pizca de hebras de azafrán, un manojo de hierbabuena picada, un manojo de perejil picado, una cucharada de canela molida, una rama de canela, un vaso de agua o caldo, cien gramos de azúcar glass, dos huevos, cinco láminas de pasta brisa, un puñadito de almendras crudas picadas, sal y pimienta.

Reservamos a un lado, ahora mismito, la lírica, ya la usaremos para pintar llegado el momento final.

A continuación, con mucho amor, pones en una sartén la mitad de la mantequilla y sofríes la cebolla picada fina. Cuando esté transparente añades los trozos de pollo, el jengibre, el azafrán, la canela molida, la sal y la pimienta. Cubrir con un vaso de agua o caldo y dejar cocer entre treinta y cuarenta minutos a fuego medio tapando la sartén. Comprobar que el pollo está tierno. A los veinte minutos de haber puesto el pollo al fuego, añadir la hierbabuena y el perejil picados, la rama de canela y la mitad de azúcar glass. Apartar el pollo, deshuesarlo y trocearlo. Reducir la salsa a fuego medio unos minutos. Retirar la rama de canela y añadir los dos huevos batidos y remover mientras va cuajando la mezcla. Retirar del fuego y reservar. Precalentar el horno a ciento ochenta grados. Nos ponemos a trabajar, con delicadeza y mimo, la pasta brisa y rellenamos con la carne de pollo, las almendras trituradas y el resto de azúcar glass, reservando un poquito para decorar. Pincelar con mantequilla, ya volveremos a la lírica, y hornear unos diez minutos o hasta que esté doradita. Desmoldar y decorar espolvoreando el azúcar glass que habíamos reservado y unos golpecitos de canela molida.

Un consejo; acepta con agrado estas exquisiteces, son baratas y sencillas, y accederás a un mundo ilimitado de sabores, sensaciones y evasiones.

Ahora te encaminas hacia el salón, no elijas la cocina, merece esta receta de una noble habitación. Te preparas para la ocasión, no digo que te vistas como si fueses a una fiesta o a un cotillón, más bien que habitúes tu mente a esta “nueva sensación”. Enciende unas velitas, pon buena música, si es morisca o sefardí mucho mejor, y aromatiza, con gusto y discreción, tu salón. En la mesa y en la estancia ya estará la pastela. Es hora de sentarse y dejar volar la imaginación. Tal vez penetren por tu ventana aromas procedentes de los Reales Alcázares de Isbilya, igual las velas están almizcladas con fragancias de Asilah, Chefchaouen o Medina, quién sabe, por tu nariz remontan aromas de al-qarawiya. No importa, trafaga, abre tu mente y déjate llevar por el carro mágico del paladar, hasta penetrar por ese ajimez donde una familia, ¿la ves? te invita a entrar. No te asustes por el atuendo que han de llevar, es como vestían las gentes andalusíes en tiempos ha. Discurre por el túnel del tiempo, con un puñadito de historias, otro poquito de tolerancia y unas gotitas ansiosas de PAZ.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Metamorfoseando

Pasaba por allí, como quien no quiere la cosa, algo malhumorado pero ilusionado, nada fosco, con férvidas ganas de escribir. Pasaba por allí, camino hacia mi casa, y me topé con un bedel que liquidaba libros de texto en un contenedor de reciclaje de papel. Pasaba por allí y al verle una catarata de pensamientos, de ideas, comenzaron a difluir por mi cabeza. Así de pasada observé los títulos de algunos manuales. Al instante me vi en la piel de ese chaval que una tarde tras otra dedicaba horas y horas de su existencia juvenil a estudiar dichos textos. Tardes somnolientas, sentado delante de una mesa de estudio anclada a uno de los rincones de su habitación, con vistas al balcón que ofrecía la escena de una calle transitada por gentes excusadas de tener que dedicar horas de estudio embebidas en uno de esos manuales que hoy el bedel liquidaba en un contenedor de reciclaje de papel. Mañanas de sábado y domingo, plenas de luz, henchidas de vida, sentado, recluido en su morada juvenil, machacándose los codos y las pueriles neuronas y sus ojos clavados sobre los párrafos e imágenes que conformaban cada una de las páginas del tema que esa semana le correspondía estudiar. Y así un fin de semana tras otro, bajo la atenta mirada de unos padres absolutamente preocupados por su actitud, por su porvenir, incluso, sin duda, mucho más que él, que a lo largo del curso había sido más bien inconstante, irresponsable, alejado de todos y todas esas personas que le querían, prefirió enrolarse en una nave de tripulación un tanto intempestiva y muy dada a la sedición. Y ahora tocaba pagar las consecuencias de tanta rebelión. Por fortuna consiguieron sacarlo a tiempo de tan peligroso navío, que estaba a punto de surcar mares tempestuosos y lóbregos. Ahora tocaba apechugar, todas las horas que fueran necesarias, para remediar lo acontecido, por más que a veces deseara levantarse lleno de furia y gritar que ya no podía más, que todo le daba igual, pero no, en el fondo de su ser, de su mente, sabía que sus padres le querían y velaban por él.  Ellos, por otra parte, también se estaban sacrificando, inmolando horas de asueto, de paseos vespertinos, de visitas a senderos y playas, todo para sacar adelante a ese retoño que se había torcido mucho más de lo debido. Ellos también ojeaban, leían con detenimiento tema por tema, por si de alguna manera pudieron servirle de ayuda al hijo pródigo, tema por tema de uno de esos manuales que hoy el bedel liquidaba en un contenedor de reciclaje de papel. Manual que tuvo un pensador, un investigador, un docente que recopiló materias, fotografías, dibujos…, para compilar un texto lo más ameno y didáctico dable para la comunidad educativa a la que iba destinada; chicos y chicas sumidos en una de las etapas más conflictivas de nuestra existencia. Un pensador, un investigador, un docente, que dedicó no pocas horas de su cotidianidad a buscar el texto más adecuado, la imagen más idónea, que subrayó las nociones más destacables, que remarcó en un tipo de fuente específica aquellas máximas que el alumno debería estudiar con más denuedo. Labor impagable para diseñar uno de esos manuales que hoy el bedel liquidaba en un contenedor de reciclaje de papel. Y una vez trazado por el pensador, investigador, docente, el bosquejo de manual llegó a la editorial, donde pasó por las manos de los lectores que le dieron el visto bueno, y después por las manos del corrector que confeccionó un boceto ortográficamente perfecto, y finalmente por las del editor que dio la orden para que el anteproyecto de manual pasara a imprenta para terminar convertido en libro de texto, en uno de esos libros de texto que hoy el bedel liquidaba en un contenedor de reciclaje de papel.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Maligna condena

Hospital Macarena de la capital hispalense. Un llanto desconsolado. Una niña que llora buscando protección, un abrazo, en los brazos de cualquiera.

Estás criaturita, en la infancia primera, ya colmadita de tristezas, ya surcadita por cables, ya golpeada por la vida. ¿Qué crimen has cometido, cariño, para sufrir tal condena? Tus tiernos oídos no quieren que escuches el mundo que te rodea.

Mi corazón se acongoja, inundada tengo el alma en pena, sólo de verte, sólo de oírte. ¿Cómo será vivir con esta condena? En la cara de tu madre leo cada estrofa, cada poema. No es justo nacer ¿por qué? para sufrir de esta manera.

Amarillo radiante, el color de tu vestido, cuajadito todo él de florecillas frescas. Que el brillo del sol ilumine tu rostro, regalándote, niña, un millón de sonrisas.

Quieran los médicos, y su ciencia certera, librarte de esta condena, y si no pudiste disfrutar de tu infancia primera, al menos que te sonría en la tercera y a partir de ahora, y para siempre, la Vida entera.

jueves, 28 de julio de 2011

Tributo a Gadir

Promontorio de Kronos, el coloso nos mira, impávido, a cada uno de nosotros. Quedamos mudos ante su heraclea mirada. Su brazo portentoso señala, alzado, el lugar de partida hacia el más allá ignoto. Mas por nuestro mascarón guiados hacia el puerto fenicio nos encaminamos. Por los santos patronos somos bienvenidos a una tierra querida y bien conocida por cada uno de nosotros. Gadir de tirios y tartesios. Gadir de murallas ciclópeas y bailarinas seductoras. Con una de ellas, hermosas thymelidas, quisiera mi vida compartir. No es mal lugar este para residir.

Una marejada de nubes abraza al Templo de Isis, hacia allá me encamino para pleitesía rendir. Las Kotinoussas me indican el camino que he de seguir. A mi derecha la mar serena de la que me acabo de despedir. Al contemplarla desde el acantilado asemeja una sábana de tonos azules en la que bien pudiera echarme a dormir, tan diferente me parece de ese mar tenebroso por el que hubimos de discurrir para llegar a Gadir. A pocos pasos y ya estaré en la Casa de Isis, ya observo, reconfortado, su inmaculado frontis. Subiré la escalinata y ante ella me encontraré, Diosa Madre de la Tierra de Apis. Un niño alocado por mi camino se atraviesa. Por mirarlo tropiezo con el primer escalón y a punto estoy de partirme la cabeza.

¡Por Baal! ¿Qué pasa? ¿Dónde estoy? Temo haber perdido la cabeza. ¿Qué calzado es este que mi pie atenaza? ¿Qué artilugio porta mi mano derecha? No conozco este material, blando y duro a la vez, de singular rareza. Sí me resulta familiar el molusco que en su interior reposa. ¡Bígaros del demonio! ¡Tantos hay! ¿Por qué? ¡Cuánto pesa!

¡Por todos los dioses! ¡Astarté, Anat, Hadad! Respondedme, ¿dónde me hallo? ¿Porqué llevan estas gentes tan extraña vestimenta? Estoy rodeado de rompientes como las de mi tierra materna. A lo lejos veo unos edificios de fealdad gigantesca. Mi testa arde, creo volverme loco, igual revienta.

-          No desesperes, tu cabeza apacienta.

-          Melkart todopoderoso, no puedo, estoy a la gresca.

-          Calma, no dejaste Gadir, pero estás en La Caleta. Mariscando entre sus piedras despertó tu imaginación primera. Guiándote por la senda marinera, embriagado por los efluvios de sus arrecifes, tal vez una solitaria mañana soñaste una historia igual que esta. Moldeaste la ilusión de un fenicio que te acompañaba por estas moradas pétreas. Cincelaste con tus ojos niños un romano de mirada serena, que te mostraba la manera de llegar hasta Venus sin que sus amorcillos se apercibieran. Y entre fenicio y romano fuiste forjando un mundo que cabía en la palma de tu mano. Un bolígrafo como única constelación, el papel como eje de rotación y tu mente, por la que giraba, sin cesar, tu imaginación.

Telarañas

Araña tejedora, enlazando con tus hilos

ramas, tranqueras, persianas y contraventanas.

Telarañas de hilos de plata, fulgurando al sol.

Telarañas voraces. Arañas urdidoras,

peludas, de descarnadas y afiladas patas,

arañas consumidoras, celosas, fructuosas,

pocas como ellas para el bien del nuevo orden mundial.

Tejen sus redes, silentes, por aquí y por allá,

contra todo aquel que intente preguntar, replicar,

contra todo aquel que intente descansar, meditar,

contemplar el campo verde, el glauco, franco y ancho mar,

y la tierra toda para un nuevo mundo soñar.

Otro mundo, sin telas de arañas opresoras,

mercenarias del perverso e insaciable Capital.

miércoles, 20 de julio de 2011

Fantasías animadas de ayer y hoy

Alondra de níveo plumaje,

reposa sobre el pedestal.

En el ágora la multitud

que se agita, anhelando

el comienzo del ritual.


La tarde se desliza, dócil,

por el frontis del templo,

y por el Betis arriban

los barcos cargados de sal.


El aire, todo, se colma

de aromas; olor de marisma,

los efluvios del incienso,

y los pétalos de rosas,

a los pies del Soporte Vestal.


Los brazos nebulosos del sol

acarician las lumbreras

del sacrosanto recinto.

Su abrazo abrasador

templa los fríos mármoles,

deslumbrando con alboreo fulgor

sentidos y corazones.

Avivando con ardiente fervor

a las vírgenes vestales.


Por el decumano ya se acerca

la sagrada comitiva.

Principian el cortejo

enlutadas plañideras,

haciendo sonar sus sonajas.  


Unas gráciles impúberes

alfombran la calzada

con lechugas, hinojos

y pétalos de flores.


De la Turdetania, de Gades,

 de la Bética, todos sus rincones,

han llegado, por docenas,

sacerdotisas y sacerdotes.


Transportan la parihuela,

al compás de trenos y plegarias,

unas mujeres descalzas.

El gentío se arrodilla

ante Nuestro Señor Adonis,

tributo le rinden

las muchachas de Hispalis.


Se emborracha el ambiente,

pegajoso, turbio,

en una ensalada de olores;

suspiros, llantos, vagidos,

incienso, calor, sudores,

vapores sacramentales.


Toma el vuelo en la plaza

un loco enjambre de aves.

¡vaya golpe me he dado!

¡Qué peste! Una paloma

mi camisa ha decorado. 


Iglesia de El Salvador.

Sevilla, primavera, Abril.

¡Por Céfiro, mi señor!

Responde, ¿dónde se halla

mi volátil mente febril?


¡Acabaré extraviado!

¡Horror! ¡No puede ser!

¡Con la Cuaresma sevillana,

cuánta gente, me he topado! 

viernes, 15 de julio de 2011

Te lo juro Maribel

Volverán las sombrillas a la playa.

Volverán los Popeyes a las calles,

con sus camisetitas ajustadas

y apretaditas las nalgas.

Algas sobre la silla, hasta en la mesa

y en la tortilla; un kilo de patatas

y otro medio de arena.

Tortilla de patatas y pimientos,

asaos claro, asustao me tienes niño,

¡malas puñalás te den!

que no vengo, te lo juro Maribel,

que no vengo, échame un vaso de sangría,

¡chiquillaaaa, ay, que se me ajoga  la niña!

¡mira que eres tranquila, ay mare mía!

Y ahora el que faltaba, ¡el levante otra vez!

¡malas puñalás le den!

Tanta hartura de caló y kilómetros,

los niños, llora que llora,

mi suegra, habla que habla,

¡lo que he aguantao pa llegar hasta aquí!

eso nadie lo sabe, na más que yo.

Aquí ya no vengo más,

ya lo diga tu vecina o tu tía

o tu mamá. Yo me quedo en mi casa,

te lo juro Maribel.

Que lo sepas pa otra vez.

Yo me pongo mi airesito, mis pipas,

mi tinto de verano y al sofá, agustito.

Dedicado a todas esas familias que recorren cientos de kilómetros, un fin de semana sí y el otro también, escapando del tórrido calor de Sevilla, Córdoba u otras provincias del interior andaluz, ansiando encontrar el frescor de la playa, y que al llegar, no pocas veces, se encuentran con que el levante arreció y el codiciado día de playa se chafó.

martes, 12 de julio de 2011

Facundo y cabal

Facundo, poeta y ser humano. Cabral te apellidaste y como ser cabal caminaste. Toma mi mano hermano. Caminemos, abrazados, soñando con ese mundo en paz que tanto y tantos anhelamos.

Naciste en un lugar de nombre La Plata, materia y tierra por la que tanto y tantos lucharon. Tu padre progenitor te abandonó poco antes de que tú nacieras. Y tu abuelo os expulsó, a tu madre y tus hermanos, también, antes de que tú nacieras. Por todo ello viniste a nacer en una calle cualquiera. La calle fue tu escuela, primera y verdadera. Siendo niño desde Tierra de Fuego escapaste. Abandonaste a tu madre y hermanos, pero no era por condición rastrera. Hasta Buenos Aires marchaste, para pedir favor a la Dama Primera, Eva Perón, no querías limosna, sino un trabajo que a tu familia concediera.

Un jesuita de nombre Simón te mostró el amor por las palabras. Y tú las acogiste, de buena gana, en tu malherido corazón, inundado ya de niño por las llagas del alcohol. Escapaste de la cárcel y la calle te acogió, pero ya no fue escuela única ni verdadera, a ella se sumó la guitarra y tu voz.

Indio Gasparino te viniste a llamar, y así continuaste el camino por este amargo transitar. La vida te tenía reservadas no pocas penurias más. Pero jamás te hizo caer, ni tan siquiera claudicar, desde entonces fuiste ya un mensajero de la paz.

Como vagabundo firstclass decidiste continuar, sin más morada ni hogar que un cuarto frío de hotel, poco más. Lógico que un día escribieras “No soy de aquí ni soy de allá”

Un oscuro día te quedaste sin luz, para los paisajes, cielos y gentes poder contemplar, pero en tu interior la luz no dejó de brillar. Mas como la justicia humana es canalla, un nueve de julio unos sicarios del mal la vida te habrían de quitar. Esbirros de la ignorancia y de la más arpía humanidad. Hoy ya entre nosotros no estás. Pero tus letras y canciones serán testimonio imperecedero de tu curso vital. Hasta pronto Facundo, poeta, ser humano, mensajero de la Paz.

jueves, 7 de julio de 2011

No dejes a tu corazón encerrado

Derrochar la vida es un desatino,

obstruyendo tu mente a tanto bello,

a tanta vida, viva, por conocer.

Conocer todo lo que te rodea, 

lo que tu corazón te permita ver.

Yo no digo que renuncies al lugar

que un buen día, paisano, te vio nacer.

Un ancho mundo espera, no te obceques

en tu terruño, anda, no me seas burdo.

Desapruebo el localismo, es absurdo.

¿Qué me dices del  totalitarismo?

Bien mirado vienen a ser lo mismo;

dos miradas ciegas de fanatismo.


Pifia cometes al pensar

que sólo es bueno lo tuyo,

que sólo es lindo lo tuyo,

por otra parte, no es tuyo. 


Quiso la vida, suerte, que ahí nacieras,

destino, desígnalo como quieras.


Despierta ante lo que tienes más allá.

No digo que visites, tranquilidad,

algo similar al edén tropical.

Tampoco que navegues por la ancha mar.

Sorpréndete, cerca lo podrás hallar.

Tampoco dilapides un dineral.

¡Vamos! Abre tus ojos de par en par.


Viaja en el tiempo o en el espacio, sueña,

con un libro entre las manos, ¡vuela!

transportado por la imaginación.

Viaja hermano, apaga la televisión.

No dejes tu corazón encerrado,

triste y solo, en el sofá de tu salón.

martes, 5 de julio de 2011

Sobre el suelo un poema

Dice la copla; caminante no hay camino. Piñones de rabia cayendo sobre la pinaza. En la loma una lona, vertida sobre el suelo. Y sobre el suelo un poema, de Gabriel Celaya. Leen los muchachos, leen los poemas, mientras por el horizonte se asoma un baile de hadas. Negra espesura enfrentada a la albura. Arañando el paisaje, un gavilán observa desde la altura. En el centro el campamento, todo él boquiabierto. No comprende, no entiende, lo que está aconteciendo. Silba el viento por la cima y por entre los riscos y troncos se viene acercando. Bufa y bufa tan gélido que corta el aliento. Por los ramajes del bosque van los animales huyendo y escondiendo. Una culebra de metálico color, atrapa y devora a un indefenso roedor. Y por el occidente pétreo una tropa de mercenarios está apareciendo. Llevan sus rostros cubiertos y sus uniformes sedientos. No hablan, no cantan, parecieran estar muertos. Pero están vivos y bien adiestrados, nuevas órdenes vienen cumpliendo. Han de sofocar la rebelión del pueblo, que está resurgiendo.

lunes, 4 de julio de 2011

Floral desvarío

Linda flor de efímera existencia, adornas mi balcón con singular prudencia. No quieres, no deseas, cansar con tu presencia. No pienses, no pretendas creer que tú a mí me molestas. Llegas con el estío, pero igual que vienes te vas, galantería fugaz. No sé ni cómo te llamas, asomarme y verte a la vez es todo un desafío. Descomunal tu atavío, cáliz de alba materia sedosa y de estambres amarillos, en el que libar la fresca dulzura de tu fragancia, de floral desvarío. Cuando te muestras plena, para recibir la noche, parece que lucieras un penacho de plumas. Y del penacho brotando hebras y filamentos, algas ambarinas danzando en el océano nocturno. Un calamar áureo exhala un último suspiro, antes de llevarte a ese universo oscuro, donde residen las flores de latir furtivo. Crasa y carnosa, glauca y musculosa, avanzas por las paredes altiva y orgullosa. No eres tan querida ni afamada como una rosa, pero la brevedad de tu estancia, entre nosotros, hace que contemplarte se convierta en un momento festivo. Representas, de algún modo, la fugacidad del vivir y nuestro insignificante existir, atropello, esfuerzo, consuelo, de banal apariencia.