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miércoles, 28 de septiembre de 2011

Bálsamo de primavera

Un racimo de uvas, jugosas, frescas, cárdenas, sarmiento suculento al enrejado enredado.

La reja se despierta al alba, poco después de las ocho, minuto arriba, minuto abajo. No importa si el portero está cantarín o cabizbajo. Los primeros en llegar siempre los extranjeros, ávidos por inhalar el aroma del jazmín y la fragancia del limonero. El rosal se muestra aún un tanto suspicaz, montaraz, a esa hora gusta de lavar su cuerpo y su rostro con el rocío de la madrugada.

Creen sentirse en el paraíso estos personajes curiosos, cámara en mano y sin desayuno en el tragadero. No quieren dejar escapar ni el más nimio detalle. Desean pertrechar en sus mochilas el frescor de la mañana, la gota de rocío colgando todavía de esa hoja aún no mecida por el viento tempranero.

Bosquejar en la mente cada rincón, cada pasadizo secreto de tan delicioso bosquecillo urbano. Reclinarse en aquel poyo, bajo las ramas de la fragante magnolia, o a la sombra del tímido flamboyano. 

Besarse, amarse, atrapar cada minuto, cada instante, antes de que el sueño acabe.

Hispalis, romana, morisca, barroca, cortesana, bálsamo de primavera. Me tienes enamorao, Sevilla, ¡y de qué manera!

miércoles, 11 de mayo de 2011

Pedacitos de Cádiz

La Plaza de San Juan de Dios, Alma Mater de la ciudad de Cádiz. Presidiendo la misma se encuentra la Casa Consistorial, bello edificio civil del siglo XVIII, de corte neoclásico e isabelino. Se nos muestra orgulloso, elegante y romántico, como la plaza toda, asentado sobre los cimientos de las pretéritas casas municipales. Por sus rincones, cafés y tabernas y en los soportales de su casa comunal se encontraban, se citaban, los marineros, mercaderes, traficantes y algún que otro maleante, tras regresar de sus largos viajes a las colonias de ultramar. Eran otros tiempos, otras épocas, más florecientes que la actual. Aquí se cocinaron las grandes epopeyas históricas de la ciudad. Sus episodios más heroicos, así como los más trágicos. Alzamientos cantonales, revoluciones gloriosas, asaltos anglo-holandeses, el devenir de la historia gaditana fluye por los resquicios de sus fachadas, en la juntura de sus adoquines, en sus saraos, por sus venas, y con ella se han alimentado para configurar la hermosa plaza que hoy vemos. Encarnando y arropando la arquitectura civil del Siglo de Oro gaditano. No es su carita andaluza, tiene más bien un cierto aire italiano, distinguido, genovés o siciliano. Casa de los Amaya, Hospital de San Juan de Dios, pedacitos de Cádiz que no te puedes perder. 

martes, 10 de mayo de 2011

El metro

Un pensamiento en el suelo, unos pantalones raídos a mitad del banco. Por la recóndita caverna jadea el viento. Distante, fugaz, bufa insolente.

Por las escaleras mecánicas unos tacones, presurosos, la fatiga se dibuja en el rostro, famélico, como su bolso.

En la otra orilla unos murales publicitarios nos invitan a consumir. En los paneles informativos nos avisan de que el tren llegará en cinco minutos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco pasajeros, y nosotros, todos, aparentemente, exhaustos.

Es cansino el aire, enrarecido pesa sobre el andén. Andan los tacones, no pueden estar quietos, arrastran, jadeantes, un alma agotada y una mirada perdida. Un plano grafiteado, lo miro para distraer la vista, pero al momento la aparto. Parto de la premisa que no deseo mirar sucios recuerdos del pasado.

Estentórea la música, escapa de los oídos de un joven de raza negra. Le observa un señor trajeado, enhiesto, de ceño fruncido, sus zapatos marcan el ritmo, un tanto agitado y de su brazo derecho cuelga un maletín, desgastado.

Una chica de cabello velado mece una silla. En la silla un bebé y en el rostro del bebé unos ojos negros, almendrados, contemplan el universo cerrado del metro, maravillados.

Ruge el viento por la pestilente caverna, henchida de luz por la linterna del vagón. El vagón se aproxima, abre sus fauces, hambriento, siete abstraídos viandantes son devorados por el tren. Desierto se queda el andén, de almas pasajeras y pensamientos olvidados.